En la siesta del viernes 14 de febrero, se cumplía mi primer día del injsuto encierro en la Comisaría 7ª de Barrio El Tribuno y pude ver, en el pequeño patio, la gruta de la Virgen de la Merced sobre la que ya hiciera referencia en otra parte de mi relato. Había un intenso movimiento en la dependencia. Me trajeron comida y la rechacé. Solo quería tomar agua. Tenía los ánimos estrujados. El inevitable encuentro con mi nueva realidad me aplastaba el cerebro. Me picaba todo el cuerpo y aterido como estaba, comencé a temblar por inesperados espasmos.
En la cocina de la dependencia, hacia el patio de la gruta de la Virgen, había una ventana por la que se podía ver al personal policial en pleno almuerzo. El aroma de las milanesas fritas se mezclaban con el olor que se percibe en toda dependencia policial: cloro, creolina, jabón de lavar ropa y la hedentina de orines intensos con la mierda acumulada en el agujero atascado del único baño para los presos. De solo pensar que debía utilizar esos "sanitarios" se me pasaban las ganas de hacer pis o de comer.
Me restregaba los ojos con las manos tratando de pensar en cualquier cosa y finalmente me encerré en mi silencio. El llanto golpeaba mis párpados cansados pero no cedí a ninguna de las lágrimas pujadas por la angustia y el desconcierto. Ajusté la garganta, contuve el aire y me dije "aguante amigo que esto es política pura". Permanecí inmóvil y afiebrado. El sueño me vencía y dormité sobre una silla hasta que me despertaron para que me vistiera con la ropa que me había traído mi ama de llave, Emilia Choque.
Un oficial, cuyo nombre desconozco, me entregó una bolsa plástica con ropa y mi gorro verde con insignias peronistas y un hipocampo de jade verde, simbolo de mi rango esotérico, que me fuera entregado cuando viajé a Australia y me reuní con The Supreme Council de la Sociedad Esotérica del que soy miembro y tiene su sede en la ciudad de Sydney, Australia. No puedo revelar detalles de mi pertenencia espiritual por estrictas razones religiosas y rituales. Lo que sí pude adelantar, en aquellos horredos momentos, es que las normas y leyes universales del esoterismo impuestas por el Alfa y el Omega, Gran Constructor y Dios, se cobran, con el tiempo, todo agravio y que se pagan los hechos injustos que provienen de los codiciosos y perversos.

Me vestí, me puse un pantalón limpio y al que tenía puesto y estaba roto se lo llevaron al Juez Agüero Molina con quien me iba a enfrentar en algunos minutos más. Luego me metieron en el móvil policial esposado y con la cabeza tapada. La gente gritaba "Guille inocente, Aguante el Guille". De inmediato les dije a los policias que no me cubrieran la cabeza y que quería llevar puesto mi gorro verde con las insignias. Me negaron el gorro pero ingresé al Juzgado con mi cara al descubierto. Sabía que iba a enfrentar al Poder Político y no a la Justicia de Salta ya que me acusaban de haber violado a "Emanuel", delito que jamás cometí y del que debía defenderme con el resistente escudo de la inocencia y la verdad.
Ingreso al Juzgado
No parecía un traslado de un detenido. Detrás del móvil venía una caravana de vehículos con personal vestidos de civil como custodia de un ser humano indefenso al que tenían que mostrar como un criminal peligroso que podría fugarse. Llegamos al Juzgado de Instrucción que estaba en la calle Mendoza y el espectáculo de los medios estaba listo. Cámaras televisivas de todo el país. Luces, flashes, gritos de mis amigos, llanto de mis seguidores y yo sonriendo para darles valor. Bajé del patrullero con una congoja indescriptible que guardaba solo para mí. Ingresé a la cocina del juzgado, tomé un vaso de agua y me senté debajo de una escalera bajo la inquisidora mirada del urso que me había detenido junto al Subcomisario López y su comitiva.
Estaba inquieto y aturdido. La gente permanecía frente a la Judicatura, clamaban con mi nombre y yo escuchaba ese griterío que me llenaba el alma de tristeza. Mi ojos estaban perdidos en la nada, apagados y húmedos. Y pensaba "¡Dios mío qué es todo esto!". Un escalofrío raspaba mi espalda y me sentí desamparado. Le pedí al Dios Único que me diera fuerzas para enfrentar esta inexplicable situación. El Juez ordenó que me sacaran las esposas que me habían dejado sus marcas. Tenía las manos pálidas y frías. Me indicaron que me sentara. Lo primero que me dijo Luis María Agüero Molina "ese circo de su gente no me impresiona..."
Rodrigo Emanuel Chavarría
No le respondí ni una solo palabra. Me leyeron la acusación de un menor llamado Rodrigo Emanuel Chavarría de 15 años, quien me acusó que yo lo había violado en mi casa del Pje. Saravia 235. La denuncia parecía una novelilla del bajo fondo o el invento de un pervertido. Me describía como un tipo alto, de pelo largo y enrulado, con cadena y anillos de oro, vestido de camisa brillosa y que lo había violado tumbánbolo boca abajo en la cama, que lo penetré. Luego del coito, denuncia también que mientras bajaba una escalera, lo tomé de los pelos, que me saqué el pene y lo obligué a hacerme sexo oral hasta acabarle en la boca. Todo eso en menos de una hora. Una sarta de mentiras que negué con énfasis. Volví a la Comisaría a las diez de la noche e ingresé a la única celda que había y que tenía de puerta un enrejado del que colgaba una colcha agujereada para que no entrara frío.
Éramos ocho personas hacinadas en un espacio de 3,50 m por 4m aproximadamente. Me senté sobre un banco de cemento crudo incorporado a las paredes de la celda. Sentí un fuerte dolor en el pecho, el estómago y en la cabeza.
Muy débil y tambaleante, me caí sobre el cemento. Un preso me ofreció que me acostara en su lugar. Otro me ofreció comida. Llevaba un día y medio sin comer. Puedo asegurar que el frío de una celda es como el hielo que congela el hambre y los pensamientos. Ya era un preso más en ese lugar.
Los "dueños" del calabozo ya tenían un nuevo huesped. Me hacían preguntas que no entendía. No podía articular ni una sola palabra. No tenía respuestas. Estaba destruido y aplastado por el agotamiento. Me quedé dormido hasta el día siguiente. (Páginas 7 y 8)