Era la hora 16:30 del sábado 15 de febrero de 2003 cuando mi mente dejó de lado registros de aquel lejano encuentro con mi amigo Néstor Molinati y el abogado Oscar Martúnez en el café del Estación de Servicio. Me hice a la idea que, al estar preso, uno debe afianzar la esperanza y mantener el cerebro imperturbable y flemático. En ese momento El Jefe de la Seccional, Raúl Rodríguez se acerca a las rejas y me indica que debo salir. Caminé por un pasillo hacia el fondo sombrío sintiendo el peso de mi desdicha y el olor a presidio que ya era parte de mi piel. En ese momento, en impecable traje marrón claro, un hombre se acerca a darme un abrazo. Era el ex Intendente de Salta Juan Carlos Villamayor. "Guille, fui muy amigo de tu tata y vine a darte mi apoyo..." En mis ojos, las lágrimas atropellaban los párpados entumecidos de impotencia. Me estremecí al pensar que mi padre se había adueñado de alguna licencia del misterio de la vida y logró entrar a la Comisaría acompañando al ex Lord Mayor de la Ciudad. "Gracias por venir" le respondí y correspondiendo a ese abrazo solidario le apreté la mano y añadí "ésto es una mentira tan atroz que debo luchar para seguir viviendo".
Villamayor se sentó y charlamos un buen rato, de cosas de la vida con esa verborragia que hizo de él un personaje épico de la política salteña y recuerdo esta frase "vine a ver al compañero, al pólítico y al amigo porque, Guille, yo pasé por este martirologio por el que pasan solo los que se juegan por la gente" Me sentí bien y pude al menos diseñar una sonrisa de grato gesto para alguien que había venido a visitar al político o al estigmatizado concejal elegido por soberana decisión del pueblo de Salta. Cuando uno está preso las emociones agotan cada uno de los sentidos. El calabozo atrapa los lamentos, el lenguaje se instala en comodato y todos se agarran del discurso como si fuera una cátedra de derecho. La masa llega de noche y el recién apresado, si es recurrente, ya sabe que en algún momento de la madrugada lo llamarán por su apodo o por su apellido para el coloquio de los apremios. Luego que pasa el tormento, el detenido vuelve al recinto de cemento crudo con la cabeza mojada, con el estómago molido por los golpes. Al menos, la visita de Villamayor me hizo olvidar por un momento que, a la noche, nuevamente la razia policial traerá un nuevo concierto de lamentos y retumbes de vientres atormentados por los golpes.












