Provincia de Salta - Argentina | Jueves 02 de Agosto de 2012
 

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Guillermo Capellán: El Juez Agüero Molina me confinó a la Comisaría de Bº El Tribuno para aislarme de la gente (23 y 24)
2011-09-13 | Un preso deja de ser persona y no tiene ningún derecho porque el poder se caga en las leyes y la Constitución que el mismo poder crea y ordena respetar. ¡Qué sofisma es el derecho del individuo! ¡Qué farsa es el digesto que nutre la conciencia moral y social! Estamos en el primer siglo del tercer milenio y en "aras y fin de todo proceso penal" (frase de Gareca) sigo escuchando, en las noches de mi detención los golpes a los presos y los gritos que los policias pretendían tapar con la radio y el televisor a todo volumen.

Guillermo Capellán: El Palacio de los Candados - Pag. 23 y 24







Noche del domingo 16 y madrugada del lunes 17 de febrero de 2003:


Aquél primer domingo, en el cubil policial al que me había confinado el Juez Agüero Molina, había superado las previsiones de Su Señoría porque me había encerrado en un calabozo distante a 6 km del centro de la ciudad para que "la gente no vaya a inchar las pelotas" según sus propias expresiones.



Por radio, la policía en forma permanente y al instante, le informaba al Juez cada uno de mis movimientos y sobre el tipo de gente que me visitó aquella tarde. Para sorpresa de la Justicia, la Jefatura tuvo que reforzar la guardia y habilitar el salón del primer piso para que en un número de treinta personas pudieran subir a saludarme. Muchos amigos regresaron a casa sin poder saludarme.



La amarga resabia de esta infamia se aplacaba por el afecto de mis amigos. Pero mi mente trataba de responder interrogantes: ¿Cómo podía ser que la perversión garequiana pudo elucubrar un plan de esta naturaleza? Era posible por que el diminuto Roberto Elio Gareca, cuando Juez, solía "estudiar Inglés" y se encerraba en el Juzgado a delirar con sus planes políticos mientras una viuda le hacía masajes.



Su Pequeña Señoría , ansioso por mostrarse en la plenitud de su "poder", permitía el acceso de abogados a su despacho para que el "hecho" de estudiar un idioma era para su intelecto tan importante como los masajes de aquella mujer que desesperada por su situación económica había caído en las manos de Gareca.



Gareca, en realidad, anhelaba a toda costa que los hombres de Ley difundieran y comentaran a los cuatro vientos que una viuda sobaba su grasosa talla de regordete Juez mientras balbuceaba algunas palabras en Inglés gauchesco en presencia de algún sorprendido letrado que debía soportar el felinesco rodaje de un diminuto  magistrado del Poder Judicial de Salta. 



Ya tenía el penoso pignet y mapa mental de Su Pequeña Señoría, un ex Juez destituído con complejos de grandeza, con la torpe ambición de poder, fama, ostentación y "habilitado" por la perversión de sus insuperables frustraciones. No debía temerle. Pronto mostraría sus debilidades y la sociedad se iba a dar cuenta quien había diseñado el estrépito: Roberto Elio Gareca.



Volví al calabozo sabiendo contra lo que debía luchar: un delirante y un bufón inescrupuloso que quería construir su flamente estadío judicial sobre mi cadaver político. "Ay Gareca, qué error cometiste de buscarne de enemigo"  me dije a mí mismo mientras me tiraba sobre el colchón y ponía mi cabeza sobre una bolsa con ropa para hacer de almohada.



Dormité un poco. Los otros siete presos tenían mucho de qué hablar. Uno de ellos, que estaba por venta de "merca", fabricaba un espiral con el papel higiénico para "correr" a los mosquitos y los que no habían recibido visitas disfrutaban la comida que me habían traído mis amigos. Para ellos significaba un festín y para mí: el fin de un día de sinsabores y recuerdos.



A la hora 23:30. Me sobresalté por el ruidaje del cerrojo y el candado del calabozo produjo ese "crick" que no puedo borrar de mis oídos y que aún me cala el alma. El oficial de servicio abrió la celda y entre risas y sarcasmos dijo "adentro y a hacerse los pesados a la mierda...". Eran 15 personas que, luego de un partido de fútbol, se habían sentado en el predio de la rotonda de Limache a tomar unas "birras" y pasó el Jefe de la Comisaría y los levantó a todos. Dentro del calabozo de 3,50m x 4m, en 14 metros cuadrados estábamos apiñados un total de 23 personas.



Nos pusimos de pié para tratar de acomodarnos en la estrechez maloliente, el fermento y sudor de los futboleros. Los eruptos, las flatulencias y el denso olor a patas me produjo tanto asco que me puse mirando a la pared. Prefería el reboque que tenía olor a cemento y orina para no inhalar ese nausebundo cóctel policial.



Un preso deja de ser persona y no tiene ningún derecho porque el poder se caga en las leyes y la Constitución  que el mismo poder crea y ordena respetar. ¡Qué sofisma es el derecho del individuo! ¡Qué farsa es el digesto que nutre la conciencia social! Estamos en el primer siglo del tercer milenio y en "aras y fin de todo proceso penal" (frase de Gareca) sigo escuchando, en las noches de mi detención los golpes, las humillaciones y los gritos apremiantes que pretenden tapar con la radio y el televisor a todo volumen. Si Ustedes piensan que los Jueces desconocen esto, éso significa que están aportando a la operatividad del sistema porque cuando alguien formula una denuncia hay que encontrar un culpable aunque haya que fabricar un "delicuente".