El niño garequiano Rodrigo Emanuel Chavarría, obnubilado por los medios de Buenos Aires y especialmente por la personalidad del periodista Pablo Fabían Fernández de Canal 9, denuncia un secuestro que jamás existió para seguir siendo la figura mediática que lo mantuviera al lado del destacado reportero porteño.
A todo esto, ese domingo 23/02/2003, Roberto Elio Gareca, ángel tutelar de su pupilo Rodrigo estaba como serpiente que había cambiado sus cueros. Chavarría no aparecía por ningún lado y Gareca sabía que era incontrolable. No solo se había instalado en el Hotel Portezuelo "a jugar con la PC" en la habitación de Fernández, sino que cuatro días antes, 19/02/2003, el taxiboy garequiano había conocido a Mario Luis Cruz, un empleado municipal con quien pasó una siesta en una habitación de la calle Usandivaras 882.
Gareca estaba muy furioso y desorbitado por los celos y se opuso a la testimonial de Cruz con pueriles razones de identidad pero finalmente declaró ante el Juez Agüero Molina que conoció a Chavarría en la Terminal y que pasaron toda la tarde juntos en la pieza que le alquilaba a Victor Tapia. Pero ¿cómo surge este testigo en la causa? Porque el "inocente delincuente juvenil" Rodrigo Chavarría lo nombra cuando denunció que fue secuestrado por "gente de Capellán" y declara que alquilaba una pieza con un tal Mario en la calle Usandivaras y Rioja.

Chavarría desplegaba en sus correrías toda la imaginación policiaca que había practicado en la policía infantil de su barrio Finca Independencia y que su diminuto abogado Gareca fertilizó con su morbo "prosexual" o procesal que, para el caso de este extraño vínculo, es lo mismo. La fiebre garequiana atacó tanto al diminuto defensor como a su delincuente y contratado pupilo. La sensualidad del poder y la fama los envolvió en una frenética e íntima relación afectiva sazonada por el delirio, la mitomanía y los celos.
El Palcio de los Candados Pag. 37










